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Nací en una familia pobre; mi padre, un borrachito maltratador; mi madre, una aguanta golpes. Y yo en el medio del jolgorio sin comerla ni beberla. En ningún momento pedí que me invitaran a la fiestecita. Pero el azar es muy hijueputa.

Luego comencé la extensa etapa escolar. Entre «¡pioneros por el comunismo, seremos como el Che!» y cuadros de fidelito, camilo cienfuegos y el propio che colgados en las paredes; en una suerte de velatorio perpetuo. ¡Y la bandera! Ah, la bandera, un trapito hermoso de tres colores que ondeaba a lo lejos.

¿Cómo olvidarme de mis queridos profesores? Profesores hambrientos y frustrados con la noble misión de adoctrinar en el marxismo a las nuevas generaciones.

En los trece años de estudios, entre primaria, secundaria y preuniversitario, puedo asegurar, muy a mi pesar, que solo aprendí, aunque con dificultad, a leer y a escribir. Y eso en los dos primeros años. Así que el resto fue perdedera de tiempo. Gastando zapatos, merienda y dinero que la infeliz de mi madre ya no sabía de dónde sacar. Recuerdo poco de mis primeros años en la escuela. Por ejemplo, las extensas reuniones de padres donde los docentes advertían que estaba prohibido que los estudiantes llevaran a la escuela medias u otros accesorios de marcas imperialistas o que tuviera la bandera de los Estados Unidos. Mucho menos llevar refresco de Cola en lata. Había que verterlo en un pomo. Era una guerra ideológica que arrastraba a muchas víctimas: nosotros. Esa guerra de guerrillas tendría sus consecuencias tiempo después: el daño antropológico que nos convertiría en una generación acomplejada, embrutecida y cobarde.

Los recuerdos de la secundaria son también despreciables: juegos de manos y pajas que me hacía por debajo de la mesa mientras mis compañeros atendían a las anodinas clases. En realidad mi vida ha transcurrido entre el hastío y la soledad. Nada en ella es salvable. Sin embargo, en el pre conocí a Mayra, una rubia elegante que le arrebataba la vida a cualquiera que supiera decodificar los secretos que ocultaban sus ojos debajo de aquellas extensas pestañas; luego supe que eran falsas. Le escribí un poema que no se resistió a leer en mi presencia por mucho que le pedí que no lo leyera hasta llegar a su casa.

Regreso a la adolescencia

en el ínfimo recuerdo

de las mañanas cerca de ti,

que no contigo.

Atravesando las áridas miradas

de mis compañeros;

el pasillo irreverente,

el busto de Martí, y luego tú;

parada en firme,

entonando el himno nacional.

Cumpliendo con la patria.

Tu patria.

Yo solo quería ver ondear tus muslos

mientras coronabas al apóstol

con tus flores y mis ansias.

Desde ese día nuestra relación se limitó a saludos en el pasillo y compartir mesa en las reuniones de la FEEM, que por aquel entonces yo presidía.

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Publicado por Alejandro Poetry

Un costal de carne y hueso, prescindible; rumbo a la Nada. Y tú, vienes conmigo.

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